Ciclismo
SUEÑOS DE UN CICLISTA
La primera vez que vi el Tourmalet me quedé sin aliento. Me pregunté cómo un hombre montado en una bicicleta podía llegar a conquistarlo, como podía coronar aquel puerto de rampas imposibles y pendientes de vértigo. Aquel objetivo que me había marcado en mi vida no era más que otra de aquellas muchas cosas que hacía para olvidar el pasado, aunque yo sabía que cuando lo consiguiera- si es que llegaba a hacerlo- sería un poco como el mito de Sísifo, que una vez conseguía subir la roca a la cima de la montaña, debía dejarla rodar hacia abajo y volver a subirla otra vez. En los pueblos que rodean al coloso se veían siempre muchos ciclistas; su atracción era tal para el aficionado a las dos ruedas que cuando llegaba el buen tiempo los ciclistas pululaban por doquier, con la esperanza de conquistar el coloso pirenaico. Se oían múltiples experiencias, de todo tipo, algunas desoladoras; otras esperanzadoras, reconfortantes. Uno podía distinguir hasta el tipo de ciclista en aquellas conversaciones, en los porches de las pensiones, o en las terrazas de los bares al anochecer, cuando podías contemplar los colosos dormidos, con una bebida espiritual en los labios, en la vigilia de la conquista, aunque en tu mente, las nubes que los suelen rodear tuvieran rostro de mujer amada.
La noche antes había estado departiendo con un ciclista normando llamado Gaston Morel. Era un muchacho alto, desgarbado, muy rubio y de ojos claros. Le pregunté qué hacia un muchacho normando tan lejos de sus playas atlánticas. “Quiero conquistar el Tourmalet”, me contestó. Quedamos de acuerdo en que haríamos juntos la ascensión, aunque vista su escuálida apariencia me daba la impresión de que no podría ir tras él, aunque eso nunca se sabía. La montaña, a veces, no trata por igual a todos sus súbditos; o lo que es igual, no todos actuamos igual ante las dificultades.
Gaston Morel llevaba reflejado el océano en sus ojos; de haber tenido hermanas – aunque nunca supe si las tenía o no- seguro que deberían ser unas mujeres preciosas. Él nunca me lo dijo, pero lo averigüé le llamaban el Tiburón de Saint-Michel, porque devoraba a todos sus rivales en todas las carreras locales y comarcales en las que participaba. Era un ciclista en una tierra equivocada, porque no hay montañas en Normandia, y el ciclista necesita montaña, porque es allí donde está el Olimpo, en la cumbre, cuando llegas el primero y puedes mirar el reloj para ver cuánto tarda en llegar el segundo. Salimos de Campan muy temprano. Gaston ya me había dicho que en la montaña que cada uno hiciera lo que pudiera, que no éramos siameses...
El cielo estaba azul y claro, sin nubes en el horizonte; lo cual indicaba que en los tramos duros, los cercanos a la cima, el sol sería implacable con nosotros. Los primeros kilómetros no eran muy duros, y aunque Gaston llevaba un ritmo alto- aún no habían llegado las temidas rampas que hacen que este puerto sea el más mítico de todos- fui a su par. Cuando atravesamos Sainte-Marie de Campan, donde desemboca el descenso del Aspin, Gaston empezó a levantarse de la bicicleta y a subir el ritmo; yo desistí, con todo lo que quedaba aún por subir me parecía suicida gastar unas energías que seguramente necesitaría después. Me dijo adiós con la mano izquierda y se giró un segundo. Vi su sonrisa, con un gesto de condescendencia incorporado que parecía decirme: arriba te espero. Aquello no había hecho nada más que empezar, aquel alarde ante la primera rampa seria me impresionó, pero, yo, criado con un abuelo muy refranero, no pude evitar recordar alguno de los muchos con los que me sermoneó a lo largo de su vida: Más corre el galgo que el mastín, pero si el camino es largo, antes llega el mastín que el galgo.
Cuando llegué a Gripp, donde el Tourmalet ya empieza a decir aquí estoy yo, con las piernas rígidas como tensores de puente y con el miedo de pensar: ¿hasta dónde aguantarán?, no había rastro de Gaston. Estaba claro que había puesto tierra por medio; a lo mejor era un fuera de serie, o aún no se lo había tragado la montaña...
En la gran primera curva herradura antes de llegar al pueblo de Artigues divisé a Gaston. No me llevaba mucho tiempo ni mucho espacio, y por el ritmo que llevaba vi que la montaña ya empezaba a devorarlo. Tuve la tentación de elevar un poco el ritmo y alcanzarlo, pero quedaba tanto todavía que no podía gastar energía innecesariamente. Mi lucha no era con Gaston, sino contra el coloso, aunque es sabido que cuando dos o más hombres van en bicicleta es raro que no se quiera ser el primero en la llegada. Después de la estación de La Mongie, una zona ya muy complicada y donde ya empiezas a notar en serio que te has metido de cabeza en el infierno, ya tenía a Gaston a menos de cien metros; él me había visto y con lo poco que le quedaba intentó apretar más, lo cual no era más que un error, ya que en estos casos lo mejor es dejarse coger e intentar engancharse al que se supone que va mejor. El orgullo normando se tambaleaba de lado a lado de la carretera. No hice nada, bastante tenía con lo mío. Sabía que Gaston era fruta madura, era cuestión de tiempo que se rindiera o que le avanzara. Notaba su sufrimiento, su agonía moviendo desarrollos a sabiendas de que ya vas con todo. Ahora se acababan ya las pocas sombras y lo único que quedaba para guarecerse del temible sol eran las galerías antiavalanchas, que aunque eran escasa protección, uno lo agradecía como si fuera el primer alimento.
Cuando quedaban menos de tres kilómetros adelanté a Gaston; éste subía a pie, como otros muchos ciclistas que se habían rendido, aunque querían coronar a toda costa, aunque fuera con la bicicleta a cuestas. Esta era la parte más dura del puerto, con rampas que uno no subiría si no fueran directas al paraíso. Estuve a punto de parar y unirme a ellos, era mucho el dolor que sentía en todo el cuerpo y era bastante la fatiga acumulada, pero me giré y vi a Gaston que me miraba como diciendo: tú tampoco podrás. Vi otra vez aquella sonrisa que me dedicó cuando me adelantó kilómetros más abajo. Me erguí como un centauro y ya no paré hasta llegar al final. “Te he vencido, Tourmalet”, musité casi sin resuello a la vez que me tumbaba de espaldas en el suelo, mirando al firmamento casi sin poder respirar…
Permanecí en la cumbre hasta muy tarde. Me había costado mucho coronar y quería estar allí, saboreando mi humilde pero reconfortante victoria ante la montaña. No vi a Gaston, supuse que se habría dado la vuelta y habría descendido. El Tiburón de Saint-Michel había desaparecido con la aleta entre las piernas, devorado por el coloso, como en el cuadro de Goya: Saturno devorando a un hijo. La montaña es cruel e inmisericorde con el ciclista, y si te engulle antes de llegar a la cumbre, como metáfora de la vida, sólo serás uno más de los que lo intentaron y se quedaron en el camino.
El título de esta nota es de un relato de Julio Llamazares que trata sobre el fatídico penalty que Miroslav Djukic falló en el último minuto de un partido contra el Valencia que decidía el título de Liga. Djukic falló y la liga voló al Barça de Johan Cruyff.
Eso debió pensar Alberto Contador cuando ayer se cayó bajando uno de los puertos del Tour de Francia, el Petit Ballon. Tanto esfuerzo, tanto entrenamiento, tanta preparación y tanta pasión para nada, pero así de injusto es el ciclismo, no se puede fallar ni un día. Cualquier jugador de fútbol o de cualquier deporte de equipo puede tener un mal día y no significar nada para el equipo. Cuantas veces se ha dicho esta temporada: Messi o Ronaldo este domingo no han hecho nada y sin embargo el equipo ha vencido. En el ciclismo eso no ocurre, si aspiras a ganar una de las grandes vueltas no puedes tener un día malo ni tener la mala suerte de una caída que te deje fuera. O todo o nada, esa podrá ser su máxima. Y aún así recorrió 20 kms. con la tibia rota, lo cual es una muestra más de la épica del ciclismo.
Un ciclista profesional lleva muchos kilómetros de duro entrenamiento para poder afrontar las dos semanas que dura una gran vuelta como el Tour de Francia, sin duda la carrera ciclista por excelencia, y es una pena que todo se haya ido al traste por culpa de una caída, pero no hay que olvidar que bajaba un puerto a más de 70 kms/h, con el piso resbaladizo por la lluvia y con el típico asfalto maltrecho- por culpa del hielo y las condiciones metereológicas- de casi todos los puertos. El tubular de una bicicleta no son los neumáticos de lluvia que calzan las motos GP o los Fórmula 1, es lo más fino posible para evitar el máximo rozamiento y sacar el máximo rendimiento, y a veces se tiene la sensación de que tienes la misma estabilidad que una cuchilla deslizándose por un espejo.
La bicicleta es un vehículo tan frágil y liviano que cualquier choque la rompe, tan delgado que resulta casi transparente. No admite secretos de motores, ni de alerones o difusores, de modo que todo queda fiado a la fuerza de las piernas que la desplazan. No es casualidad que el primer diseño de una bicicleta se deba a quien dibujó la primera máquina de volar. Desde el original artilugio que Leonardo da Vinci inventó con unos tubos de hierro, unos alambres y unas ruedas de madera hasta la actual perfección de caucho y de carbono, no han podido con ella ni la electricidad ni la gasolina. Y siguen aumentando sus adeptos.
En el ciclismo no triunfa el campeón de energía bruta, porque aquí no vence quien tiene más fuerza, sino quien mejor relaciona su fuerza con su peso. Aquí no se amagan ni se infligen golpes, no se dispara a ninguna diana o portería, no se lanzan objetos puntiagudos o pesados. Aquí nadie tiene que levantar los brazos para defenderse, nadie espera a contar hasta 10 para ayudar al caído. Aquí se valora más la fuga que el ataque.
Como la primera mujer que amamos, o la primera muerte de un ser querido, montar en bicicleta forma parte de esas experiencias que nunca se olvidan. La mezcla de placer y miedo provoca tal intensidad en las sinapsis entre las neuronas implicadas que el paso de los años no logra deteriorar sus conexiones. El cerebro guarda esa información como tesoros, como si ya supiera que algún día necesitaremos recordar cómo eran los besos de la mujer amada, qué lecciones aprendimos de la persona muerta o cómo guardar el equilibrio cuando no podemos echar pie a tierra porque la tierra quema.
Publicado por Eugenio Fuentes y Tim Koelln en El Pais, 5 de Julio de 2009