CINCO
La luna llena destacaba sobre la loma del Castillo de San Joan, en Blanes. Era la primera luna plena del coronavirus, y debido a que todo el mundo estaba confinado, todo aquél que tenía un balcón, una terraza o una ventana, seguro que en algún momento salió a contemplarla, cansado ya de ver series de TV, o de ver vídeos y fotos relacionadas con la pandemia de los miles que circulaban por el whatsapp y otras redes sociales.
El coronavirus me sorprendió en Blanes, en un apartamento, donde me tenía que alojar un par de semanas por temas laborales que no vienen al caso. Tuve la suerte de que estaba orientado al mar, por lo que las vistas eran espectaculares. Pasaba horas contemplando el paisaje y los cambios de luz que se iban produciendo en el agua a medida que el sol se iba desplazando hacia el oeste. De haber sido pintor hubiera tenido un tema pictórico-artístico impresionante, y seguro que cuando hubiera acabado el confinamiento habría salido de allí con una buena colección de marinas inspiradas por el amplio espectro paisajístico de Blanes, que comprendía un arco precioso desde las alturas del castillo hasta la playa final donde se encuentran los hoteles, y con el promontorio de roca de La Palomera en el centro, emblema de la playa de la ciudad. Justo enfrente estaba el apartamento. Debido a que no era periodo estival sólo había tres apartamentos ocupados, o al menos que yo supiera. En la planta baja había una pareja de maestros jóvenes de Castellón, los cuales habían decidido pasar el confinamiento cerca del mar, y no en el pequeño pueblo de la Sierra del Catí de donde eran originarios.
Antes del confinamiento había hablado alguna vez con ellos; ahora los veía tumbados en las hamacas de su terraza, tomando el sol en traje de baño y aprovechando la bondad del clima mediterráneo. Envidié a aquel hombre por poder estar confinado con una mujer las 24 horas, ya que yo estaba más solo que la una, como se suele decir.
El otro apartamento ocupado era el que estaba al lado del mío. Allí vivía una enfermera del Hospital de Blanes. Sabía que no era de la comarca, su acento del sur de Tarragona la delataba en alguna conversación intrascendente que habíamos tenido en el ascensor, antes de que llegara el coronavirus. Ella estaba de paso, esperando un traslado que le permitiera ocupar una plaza más cerca de Vinaroz, su lugar de residencia.
Asomado al balcón la veía salir y entrar del edificio; con su uniforme, sus guantes y su mascarilla. Conocía sus horarios, cuando trabajaba y cuando tenía fiesta. Aquella noche de luna llena me recordó una vieja película de terror titulada: “La Noche de Walpurgis”, protagonizada por un hombre-lobo. La enfermera estaba también en el balcón, apenas una sombra atenuada por el fuego del cigarrillo cuando aspiraba. La cercanía de su presencia me recordó el tiempo que llevaba sin estar con una mujer- más de un año, desde que mi ex me dejó plantado por su profesor de aerobic, y más tiempo aún mientras decidía qué hacer con su vida, un espacio en el que no jugamos ni al parchís-, así que entre la proximidad de la vecina y la luna llena empecé a transformarme en un hombre lobo, aunque no me creció el pelo ni me destrocé la camiseta a zarpazos aullando como tal.
- Hola, ¿estás sola?- me atreví a decir.
No podía verle el rostro, sólo un leve resquicio en la que debió ser la última calada del cigarrillo me permitió ver brillar por un segundo unos labios pintados de rojo fuerte.
- Claro- contestó-, en la soledad más absoluta. ¿Quieres pasar a tomar una copa?
- ¡Auuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu!- aullé mirando a la luna llena, mientras volaba hacia la puerta…