TRES
Llamé a Vanesa para ver si nos podíamos ver, pero con eso del coronavirus no estaba mucho por la labor. Le dije que podíamos encontrarnos en el supermercado y luego ir al sitio donde siempre nos encontrábamos, que no era otro que una casa de citas de la zona alta de la ciudad, que sorprendentemente estaba abierta. Si, si, abierta…se ve que hay asuntos que no se pueden posponer aún con todo lo que teníamos encima.
Vanesa llevaba una mascarilla, y me dio otra a mí. También me obligó a ponerme unos guantes de látex. La escena era ridícula, allí en la habitación, frente a frente, los dos desnudos y con aquella parafernalia antivirus
Por supuesto nada de besos ni de lametones, lo cual se me antojaba difícil, pero ya llevábamos casi un mes sin vernos y el deseo estaba muy presente, así que tardamos poco en ponernos en marcha.
No sé por qué motivo, puede que fuera por la situación excepcional, o porque llevaba tiempo en el dique seco, pero la cuestión es que tardé muy poco en llegar al orgasmo a pesar de todas aquellas medidas profilácticas- también me obligó a ponerme el preservativo, cosa que nunca hasta ahora nunca habíamos hecho-. Ella se quedó un poco estupefacta, pero se levantó y fue a coger una cosa de su bolso, que no era otra cosa que el regalo estrella de las navidades pasadas. Se tumbó junto a mí y empezó a usar el aparato. No tardó mucho, la publicidad del artefacto garantizaba inmediatez, pero mientras viajaba por las olas del placer se arrancó la mascarilla y me quitó la mía para darme el beso del siglo: largo y profundo. Luego se quedó quieta, como si estuviera muerta, con los ojos cerrados y la sonrisa más amplia que se pueda imaginar.
A los cinco minutos volvió a coger el aparato, pero se lo quité de las manos y lo lancé al otro lado de la habitación. Para cuando fue a protestar yo ya estaba dentro de ella, y sin máscaras ni guantes aquello ya fue otra cosa. Esta vez fue ella la que se fue antes, y después de acabar yo, creo que a los dos nos daba igual lo que le pasara al mundo y al coronavirus.