SEIS
Mi mujer era cajera de un supermercado, y cuando llegaba a casa- estábamos en la era del coronavirus- no estaba para muchos trotes. El exceso de trabajo y la tensión de tener que trabajar en aquellas condiciones la dejaban exhausta. Conocía sus límites y, si al llegar decía: “Estoy cansada”, había posibilidades de hacer algo aquella noche. Si decía: “Estoy muy cansada”, las posibilidades se reducían bastante, pero si decía: “Estoy tan cansada”, ya no había nada que hacer. Cuando entraba en juego el adverbio “tan” en la frase, podía decirse que era como si ella estuviera dentro de una cámara hiperbárica, o en una UCI, porque ya no había manera de acercarse a ella bajo ningún concepto, ni en ningún sentido. Era como si fueras un cactus o un leproso: zero contact.
Aquella noche se tiró sobre el sofá nada más llegar y, como yo barruntaba, dijo: “Estoy tan cansada”. Se me vino el ánimo al suelo. Otra noche más sin hacer muñequitos, eufemismo robado a mi primo Sebastián, que el día que nos enseñó el dormitorio de su piso- se acababa de casar- lo soltó como si nada: “En esta habitación es donde hacemos los muñequitos”. La mujer, roja como un tomate, le soltó un codazo que Sebastián encajó sin pestañear. ¡Qué mal genio tenía la guapa Lola! Nunca comprendí que una criatura tan hermosa pudiera tener aquellos arranques. A la que menos te esperabas sacaba el látigo y te dejaba K.O. Para ser una recién casada no parecía muy relajada. Una de dos, o Sebastián no hacía todos los muñequitos que necesitaba la Lola, o era una malaleche ancestral, de esas que da igual aunque estés en la gloria.
Le hice la cena: una tortilla francesa con queso y jamón de pavo, con una tostada untada de aguacate, acompañado con una taza de caldo de pollo Aneto, bajo en sal. Es decir, todos los ingredientes para intentar revertir la situación y recuperarla para la causa. Me dio las gracias y un piquito en los labios, aunque yo intenté que fuera un beso largo, profundo, de esos capaces de empezar una batalla, pero no entró al trapo. Se puso a ver un reality, de esos que hay gente perdida en una playa y que están todo el día rajando, unos de los otros, y encima los familiares dándose de lo lindo en un plató. En breve se quedaría dormida, aquellos programas eran su somnífero. Después sólo quedaba arrastrarla hasta la cama, quitarle la ropa del supermercado, ponerle el pijama con mucha dificultad y hasta luego, Lucas. Los dientes se los lavaba a la mañana siguiente, bajo la ducha.
Ya empezaba a dar las primeras cabezadas cuando sonó el timbre; ella ni se inmutó, tal vez Morfeo ya la llevaba a aquellas playas, junto a uno de aquellos famosillos, con cuerpos forjados en muchas horas de gimnasio, deambulando en taparrabos bajo el sol del Caribe. La cuestión es que ni se movió, ni el más mínimo gesto de ir a abrir, o de preguntar quién era.
Abrí la puerta- se me había olvidado decir que el piso de Sebastián y Lola está justo al lado del nuestro- y allí estaba la bella Lola, con su mascarilla, enfundada en un chándal dos tallas menor, lo cual no hacía otra cosa que destacar sus curvas.
- Sebastián se ha quedado colgado en Logroño- me dijo-. No podrá venir hasta que levanten el confinamiento. Me ha dicho que nos echéis una mano con todo eso de la compra y tal. La verdad es que yo estoy un poco agobiada con lo de mi madre, ya sabes que no se puede mover y que es de los colectivos más sensibles con este tema. No quisiera traerle yo el bicho de fuera… y como Merche trabaja en el super he pensado que nos podría traer algunas cosas.
- ¿Te hace falta algo?- pregunté-. ¿Necesitas alguna cosa para ahora mismo? Tener a la bella Lola en tu puerta, pasadas las diez de la noche, a sabiendas de que Sebastián estaba fuera, y llevando servidor bastantes días de ayuno sexual, debido a las circunstancias y efectos del coronavirus sobre el personal de los supermercados, era algo que ni en mis mejores sueños se podía plantear. La imaginación se puso en marcha y el pulso se me alteró. Lola siempre había sido un oculto deseo para mí, y aunque jamás se me había pasado por la cabeza el intentar algo con ella debido a que éramos vecinos y también familia, la verdad es que era una mujer que siempre me gustó y a la que siempre admiré en secreto. Cuando de jóvenes íbamos a la playa o a la piscina, era un espectáculo verla en bikini. Más de una trifulca había tenido Sebastián con ese tema, debido a que más de una vez algún niñato se propasara con algún gesto o comentario.
Mi primo era un tipo singular, rozaba casi los dos metros y debía rondar los 100 kgs. Había jugado al balonmano en su juventud y tenía las manos tan grandes como una sartén mediana. Le vi una vez dar una bofetada a un niñato ebrio que le estaba tocando las narices en una discoteca y el tipo dio dos vueltas sobre si mismo antes de caer al suelo. Se dedicaba a vender vino, era representante de un grupo de bodegas riojanas y su vida laboral transcurría básicamente entre los 500 kms de Barcelona a la Rioja. La Lola dormía muchas noches sola a lo largo del año, y puede que yo hubiera soñado alguna vez en yacer a su lado, pero en el sueño, o en mi pensamiento siempre aparecía Sebastián abriendo la puerta y pillándonos infraganti haciendo muñequitos sobre su lecho. Así que aunque era un deseo oculto, también era un deseo prohibido. Imaginar a mi primo dándome un par de bofetadas era un antídoto suficiente para quedarme quietecito, y si eso además lo unía al mal genio de Lola- por mucho que yo la deseara, habría que ver cómo reaccionaría ante una proposición o insinuación de esa naturaleza- la cosa podía ser catastrófica. “Callaíto estás más guapo”, me decía siempre mi abuela.
Mi mujer estaba tan cansada aquel tercer sábado del confinamiento, que cuando llegó me arrojó las llaves del coche para que descargara yo el pedido de Lola.
- Llévaselo cuando puedas- me dijo antes de echarse al sofá y coger el mando a distancia de la televisión-, pero tranquilo, no hay nada perecedero.
Claro que iba a llevárselo cuando pudiera, precisamente cuando ella estuviera dormida. Así que le hice un par de sándwiches de queso y jamón, que devoró rápidamente para a continuación colocarse en la posición preferida para quedarse frita mientras miraba la TV. “Gracias, amor”, me dijo cuando ya se le cerraban los ojos.
Llevar en el dique seco tantos días me tenía tenso, nervioso, así que todo ese estado se disparó cuando llamé a la puerta de Lola cargado con las bolsas que mi mujer le había traído. Ella abrió enseguida, casi me da algo, ya que iba vestida con atuendo deportivo, es decir con mallas y camiseta sin tirantes, tan ceñidas que parecía que en cualquier momento podían reventar las costuras.
- Hola- dijo entrecortadamente-. Estaba haciendo pilates a través del youtube. Aprovecho ahora que mi madre ya se ha tomado el somnífero y no la molesto.
- ¿Te llevo las bolsas hasta la cocina?- pregunté, con la esperanza de que asintiera.
No contestó, se hizo a un lado y se puso de lado para dejarme pasar. Antes de continuar me gustaría decir algo sobre el perfil de Lola, o simplemente aportar un dato: gasta una talla 110 copa C. Lo sabía porque había oído a Lola comentárselo a mi mujer en alguna ocasión. Así que cuando pasé- a día de hoy, y eso que ya ha pasado mucho tiempo, no sé realmente si es que había poco espacio, o me rocé subconscientemente, o puede que fuera ella la que se acercó a mí- mi hombro derecho notó sus pezones. Fue como si me hubieran disparado con una pistola Taser. Una corriente eléctrica me traspasó, y a ella también le pasó algo, porque la noté azorada, conmovida. Seguí hasta la cocina; ella cerró la puerta y vino tras de mí. Antes de soltar las bolsas ya me había cogido de la cabeza con las dos manos y empezado a besarme en la boca con una intensidad tremenda. Cuando la vi echada en la cama, como Dios la trajo al mundo, y haciéndome señales para que me acercara, me pellizqué varias veces para despertarme, porque aquello era un sueño increíble, uno de aquellos episodios oníricos de los que uno nunca querría despertarse.
- ¡Joder!- exclamó cuando hubo acabado, con la piel erizada todavía y el placer todavía latente- ¡Qué ganas tenía! Nunca había estado tanto tiempo sin hacerlo…
- Ni yo- contesté. Ella pareció sorprenderse, debió de pensar que mi mujer estaba por la labor, pero que iba a saber la criatura de las vicisitudes de las cajeras de los supermercados en los tiempos del coronavirus…
- ¿Cómo ha ocurrido esto?- pregunté-. Anda que no hace tiempo que nos conocemos, y nunca…
Ella miró al techo y estuvo un momento con la mirada perdida. Su cuerpo desparramado por la cama y enredado entre las sábanas era una tentación constante. No podía dejar de tocarla y de mirarla, como si tuviera miedo de que aquello no pudiera volver a ocurrir.
- Pues la verdad es que todo empezó en la puerta- dijo-. Cuando he notado tu hombro en mis pezones se me ha despertado un deseo que no he podido controlar. Qué locura, ¿no?
- Debe ser el coronavirus, que nos tiene a todos locos- contesté.
No dijo nada, aunque vi que había cerrado los ojos. Al poco rato una respiración suave me indicó que dormía y que era el momento de irme. Me vestí despacio, recreándome en aquella maravilla de la naturaleza que tenía ante mí, y que por espacio de una hora escasa el destino me había disfrutar. Menos es nada, me dije cuando cerraba la puerta del piso con la suavidad de un caco.
En casa todo seguía igual. La TV seguía emitiendo imágenes de la playa caribeña y sus supervivientes. Mi mujer dormía de forma plácida, como un bebé. Me duché, y el agua se llevó el perfume de Lola para siempre, como una premonición de que aquello que había pasado era algo que no volvería a repetirse, como si hubiera sido un sueño.
Y así fue, aunque tuve que llevarle la bolsa de la compra en más de una ocasión, ya nunca más me dejó pasar de la puerta. La diplomacia personificada: gracias, muchas gracias, y poco más. Ningún gesto de complicidad, ninguna señal, ninguna palabra al respecto, como si realmente no hubiera pasado nada.
El coronavirus se fue, dejando un rastro de muerte y de desolación. Volvimos a nuestra anterior vida. Mi mujer ya no estaba tan cansada, a lo sumo muy cansada, y eso nos permitió recuperar la frecuencia de antes de la época de coronavirus. Sebastián también volvió y, según contaba su suegra, a la que nos encontramos en el ascensor un par de veces, desde que regresó de Logroño, su hija y su yerno se pasaban las horas metidos en la habitación. “Recuperando el tiempo perdido. Seguro que tendrían un stock de muñequitos que ni podrán cerrar las puertas de los armarios”, pensé, mientras la imagen de la bella Lola se iba perdiendo cada vez más por los laberintos de la memoria.