23-F

23 Febrero de 1981

 

El famoso y esperpéntico golpe de estado llamado “23F” me pilló haciendo la mili en Jaca, una ciudad de la provincia de Huesca. Recuerdo que estaba en el cine del cuartel, la Escuela Militar de Montaña, viendo El último tango en París cuando de repente interrumpieron la película y sonó por el altavoz:

- El cabo furriel de la 1º compañía que se presente en su unidad.

Nadie pensó nada extraño, a veces ocurría que había que localizar a alguien y no tenían ningún reparo en buscarlo también en el cine. La película continuó y no recuerdo exactamente en que momento estaba cuando volvieron a interrumpir:

- Todos los cabos furriel y los soldados encargados de armamento que se presenten en sus compañías.

Aquello ya no era normal, la cosa no pintaba bien, y una vez hubieron salido algunos de los que habían llamado la película continuó, con aquella María Schneider de pechos inolvidables y un Marlon Brando al que todos recuerdan por la mantequilla y el chicle pegado en la barandilla del balcón poco antes de saltar.

Al poco rato fue otra voz la que sonó, era la voz de un alto mando del cuartel:

- ¡Qué salga todo el mundo!

Recuerdo que aún la escena de la mantequilla no había ocurrido, así que nos reintegramos a nuestras unidades sin haber acabado de ver el final. Nos tuvieron formados un buen rato en el patio de armas, con un frío que pelaba en aquella noche de invierno pirenaico. Nadie nos dio explicaciones de nada, sólo órdenes de dormir vestido y con el equipo preparado, aunque a mi sección, según pude enterarme más tarde, su objetivo era las emisora de Radio Jaca.

La región militar a la que pertenecía no se sumó al golpe, afortunadamente el capitán general fue fiel a su comandante en jefe: el Rey Juan Carlos.

Fue una noche de vigilia, donde se durmió poco y se cuchicheó mucho. Hacía poco que había dimitido Adolfo Suárez y las cosas estaban un poco complicadas. Leopoldo Calvo Sotelo iba a ser investido presidente del Consejo de Ministros y el ministro de Defensa era Agustín Rodríguez Sahagún. Sólo la región militar de Valencia, con su capitán general al fente, Milan del Bosch, y algunas unidades de Madrid se sumaron al golpe.

Al día siguiente, mientras estábamos en el aula donde nos daban teórica, un sargento bramó: ¡Ahí tus cojones!, cuando en la televisión del aula vio a Tejero subido en el estrado del Congreso de los Diputados con la pistola en la mano. Se le notaba que estaba muy decepcionado porque el golpe no había triunfado. Posiblemente añoraba la época franquista y sentía nostalgia por el régimen anterior, y ver a un teniente coronel de la Guardia Civil pegando tiros al aire y acojonando a todos los políticos allí reunidos era un asunto que le encantaba.

Aquel sargento era de la meseta, de Valladolid creo recordar, y tenía la mano rápida, porque no se lo pensaba dos veces si tenía que soltarte una ostia. Una vez que yo andaba remoloneando a la hora de formar se acercó por la espalda y me soltó un puñetazo del que todavía me acuerdo. Me giré para “matar” al que me había atacado pero tuve que tragármela cuando vi a aquel energúmeno delante de mi vociferando como un animal. Hasta me cortó la respiración del golpe que me dio. Ellos tenían impunidad para hacer lo que quisieran, así eran las cosas en el ejército español de principios de los 80, un gran nido de fascistas que poco a poco iría cambiando, aunque a mí me tocó vivir la rabia de sus últimos coletazos.

La película la volvieron a poner a la semana siguiente, esta vez sin interrupciones, y seguro que esa noche, como estaba falto de cariño- una novia me había dejado no hacía mucho-, dormí abrazado a los pechos de María Schneider, aunque ella nunca lo supo.


le dernier tango a paris
1972
real ; bernardo bertolucci
marlon brando
maria schneider

COLLECTION CHRISTOPHEL

- Todos los cabos furriel y los soldados encargados de armamento que se presenten en sus compañías.

Aquello ya no era normal, la cosa no pintaba bien, y una vez hubieron salido algunos de los que habían llamado la película continuó, con aquella María Schneider de pechos inolvidables y un Marlon Brando al que todos recuerdan por la mantequilla y el chicle pegado en la barandilla del balcón poco antes de saltar.

Al poco rato fue otra voz la que sonó, era la voz de un alto mando del cuartel:

- ¡Qué salga todo el mundo!

Recuerdo que aún la escena de la mantequilla no había ocurrido, así que nos reintegramos a nuestras unidades sin haber acabado de ver el final. Nos tuvieron formados un buen rato en el patio de armas, con un frío que pelaba en aquella noche de invierno pirenaico. Nadie nos dio explicaciones de nada, sólo órdenes de dormir vestido y con el equipo preparado, aunque a mi sección, según pude enterarme más tarde, su objetivo era las emisora de Radio Jaca.

La región militar a la que pertenecía no se sumó al golpe, afortunadamente el capitán general fue fiel a su comandante en jefe: el Rey Juan Carlos.

Fue una noche de vigilia, donde se durmió poco y se cuchicheó mucho. Hacía poco que había dimitido Adolfo Suárez y las cosas estaban un poco complicadas. Leopoldo Calvo Sotelo iba a ser investido presidente del Consejo de Ministros y el ministro de Defensa era Agustín Rodríguez Sahagún. Sólo la región militar de Valencia, con su capitán general al fente, Milan del Bosch, y algunas unidades de Madrid se sumaron al golpe.

Al día siguiente, mientras estábamos en el aula donde nos daban teórica, un sargento bramó: ¡Ahí tus cojones!, cuando en la televisión del aula vio a Tejero subido en el estrado del Congreso de los Diputados con la pistola en la mano. Se le notaba que estaba muy decepcionado porque el golpe no había triunfado. Posiblemente añoraba la época franquista y sentía nostalgia por el régimen anterior, y ver a un teniente coronel de la Guardia Civil pegando tiros al aire y acojonando a todos los políticos allí reunidos era un asunto que le encantaba.

Aquel sargento era de la meseta, de Valladolid creo recordar, y tenía la mano rápida, porque no se lo pensaba dos veces si tenía que soltarte una ostia. Una vez que yo andaba remoloneando a la hora de formar se acercó por la espalda y me soltó un puñetazo del que todavía me acuerdo. Me giré para “matar” al que me había atacado pero tuve que tragármela cuando vi a aquel energúmeno delante de mi vociferando como un animal. Hasta me cortó la respiración del golpe que me dio. Ellos tenían impunidad para hacer lo que quisieran, así eran las cosas en el ejército español de principios de los 80, un gran nido de fascistas que poco a poco iría cambiando, aunque a mí me tocó vivir la rabia de sus últimos coletazos.

La película la volvieron a poner a la semana siguiente, esta vez sin interrupciones, y seguro que esa noche, como estaba falto de cariño- una novia me había dejado no hacía mucho-, dormí abrazado a los pechos de María Schneider, aunque ella nunca lo supo.