Ejecutivos agresivos

 

 Frank, aunque desde pequeño todo el mundo le llamó Paco, se levantó esa mañana con un fuerte dolor de cabeza. No sabía si podía tener relación con que la noche anterior su mujer no había querido hacer el amor, arguyendo precisamente eso: que le dolía la cabeza. Oyó el ruido procedente de la parte de abajo del dúplex donde vivía, donde su mujer bregaba con sus dos hijos para que desayunaran y se prepararan para ir al colegio.

Su mujer le gritó, pero él hizo caso omiso y a media voz dijo que iba a ducharse.

Dejó la ducha abierta con el grifo abierto a tope; eso indicaría a su mujer que no estaba disponible para el besito de despedida. Cuando oyó rugir el motor del monovolumen y como ella rascaba la segunda marcha, como cada mañana, cuando partía de aquella urbanización de la zona alta de la ciudad, supo que ya estaba sólo. Cerró la ducha y se tumbó en la cama desnudo. Cogió el móvil y viendo un vídeo porno que se había descargado en el ordenador del trabajo se masturbó como cuando era adolescente.

Había caravana en las arterias de la ciudad. Fanny, la secretaria de piernas largas con la que se acostaba de vez en cuando, le avisó que la reunión del consejo de administración era a las 10.15 horas y que no empezarían hasta que él llegara. Su flamante vehículo de gama alta, envidia de muchos vecinos de la urbanización, parecía deslizarse como un pez por las atestadas calles.

Parado en un semáforo un hombre con aspecto de vagabundo le intentaba vender pañuelos, a la vez que otro pasaba un trapo mojado sobre el parabrisas; le indicó por señas que no lo hiciera, pero el hombre no le miraba, entonces puso en marcha el limpiaparabrisas del coche y el hombre se llevó un susto tremendo, además de mojarse con el agua que soltaba el dispositivo.

El de los pañuelos comenzó a zarandear el coche, y el otro, ya repuesto del susto, empezó a dar patadas al parachoques a la vez que profería una batería de insultos. Franc, sin apenas inmutarse, apretó el acelerador cuando el semáforo se puso verde. Al de los pañuelos el retrovisor le golpeó la espalda y casi lo arroja al suelo; el otro tuvo que dar un salto y apartarse para no ser atropellado.

Fanny le esperaba en el aparcamiento del edificio; subieron juntos en el ascensor y Franc aprovechó para tocarle el trasero y darle un beso, aunque ella no parecía estar mucho por la labor. Él notó el sabor del cigarrillo que ella acababa de fumar mientras esperaba.

- ¿No te ha dejado follar esta noche tu mujercita?- dijo quitandóselo de encima.

Franc no insistió; de todas formas ya no le daba morbo acostarse con Fanny, y más desde que se había enterado que se había separado. Lo que más le gustaba de todo aquello era follarse a la “mujer de otro”, si no había cornudo por en medio no le hacía tanta gracia.

La reunión prometía; todo el consejo de la empresa estaba allí presente, incluso la esposa de Mister 20%, el accionista mayoritario, una cuarentona que, a tenor de su indumentaria, parecía pedir guerra. Hasta ahora Franc no se había atrevido con ella, el 20% era mucho porcentaje para echarlo a perder por unos ratos agradables en hoteles de lujo, aunque ella siempre conseguía hacerle ver de qué color llevaba las bragas de encaje gracias a las faldas tan cortas que solía usar y a que sentaba enfrente de él en la mesa del consejo.

El secretario hizo una larga exposición del asunto. Franc simulaba escuchar pero en realidad su único interés era divinar el tono del color de las bragas de la mujer de Mister 20%. Se procedió a la votación y él se sumó a la marea mayoritaria; sólo un par de consejeros se abstuvieron. Cuando Fanny le llevó los papeles para firmar hizo como que los leía y, después de unos segundos, firmó. En ese instante la mujer que tenía enfrente abrió distraidamente las piernas y le dejó ver que aquel día tocaba azul turquesa.

En el ascensor había conseguido el número del móvil de la señora de las bragas azul turquesa. Mientras conducía sin rumbo por la ciudad pensaba a qué hotel la llevaría. Y mientras cavilaba en la estrategia de cómo conseguiría acostarse con aquella mujer,  sin saber porqué le vino a la memoria lo que acababa de firmar: un expediente de cierre de la empresa, que entre otras cosas, finiquitaba cientos de puestos de trabajo. No perdió mucho tiempo con aquello que le había venido a la cabeza, enseguida llegó al club de golf donde había quedado con unos amigos para jugar un partido.

El sol brillaba tanto que sacaba destellos del césped recién mojado; Franc negociaba un par 4 en el green del hoyo 12. No podía fallar, sus compañeros de partido habían hecho el par y además uno de ellos le llevaba 4 golpes de ventaja. Se concentró, golpeó  de forma magistral y la bola recorrió los escasos 5 metros que la separaban del hoyo para caer suavemente dentró de él. Sintió una gran alegría y un pequeño pinchazo en la nuca; se quitó la gorra y entonces cayó en redondo, como fulminado por un rayo. Un infarto cerebral lo había borrado de la faz de la tierra para siempre.