Excusi, excusi...
Hace años estuve de viaje en Sicilia por motivos de trabajo. Allí nos encontramos con gente de otras universidades, tanto de Europa como del resto de España, que asistían también a las mismas jornadas que nosotros. Uno de los días había un desfile militar y la ciudad estaba bastante llena de gente por todos lados. Una chica de otra universidad estaba en primera línea, apoyada contra una de las vallas que habían puesto para que la gente no invadiera la zona exclusiva del desfile y al parecer tenía bastante acoplado a un señor mayor a sus espaldas. Había tanta gente que la muchacha apenas podía moverse y ya empezaba a agobiarse porque el hombre estaba más pegado que una lapa. Sin saber que hacer llamó la atención de otra compañera, explicándole por signos y señales el problema. Fue entonces cuando oí mi nombre y me explicaron lo que pasaba.
No me lo pensé dos veces y aunque no las tenía todas conmigo- estábamos en Sicilia y podía darse la casualidad de aquel hombre que tenía bien atrapada a mi compañera fuera miembro de la mafia, si, si, es verdad que yo había visto El Padrino varias veces- me fui acercando hasta donde estaba la chica, apartando gente al son de excusi, excusi repetidamente hasta que llegué al sitio. La verdad es que el hombre, más cerca de los setenta que de los sesenta, ataviado con un chándal oscuro y unas gafas de pasta, y que por su aspecto podía haber trabajado a las órdenes de Tony Soprano o Michael Corleone, estaba acoplado al trasero de la chica de tal forma que el contacto tenía que ser máximo. Ella no podía ni moverse, ni tampoco se atrevía- era algo tan inverosímil, o algo que nunca le había pasado- a hacer nada, se había quedado bloqueada.
Sus ojos imploraban ayuda cuando llegué hasta ella, así que enseguida me puse en acción. Puse mi brazo izquierdo entre el pecho del hombre y la espalda de ella y con la cantinela de excusi, excusi fui abriendo, no sin esfuerzo, una pequeña brecha hasta poder meter el hombro. El tipo me miraba, aunque en ningún momento parecía sentir ningún temor, aunque poco a poco fue cediendo y pude colocarme entre él y la chica para que ella pudiera salir, cosa que hizo enseguida. Su cara de alivio al salir de allí demostraba lo mal que lo había pasado.
Aquella tarde no paré de mirar hacia uno y otro lado, por si veía rastro del acosador. Es verdad que había visto muchas películas, pero no tenía yo con muchas ganas de que me arrojaran al puerto, para ser pasto de los peces con un bloque de cemento en los pies.
Por la noche me costó dormir, y cada vez que oía pasos pensaba que se pararían delante de la puerta de mi habitación. Afortunadamente siempre pasaban de largo, y entonces yo suspiraba como si me hubiera salvado de un final terrible. Al amanecer salí a una de las terrazas a fumar, el volcán Etna se podía contemplar mirando hacia el norte. Un día más perdonaba la vida a aquella Catania que se despertaba lentamente.
El sol del sur ya empezaba a apretar y por las calles ya empezaba a haber movimiento…
Bajé a desayunar a un bar que había junto al hotel, y cuando estaba disfrutando de un cappuccino y un cruasán, se me acercó un tipo que me heló la sangre: un armario de dos puertas rapado al cero y sin un trozo de piel sin tatuar; junto a él un chaval que tenía toda la pinta de un estudiante universitario. Fue este último el que habló:
- Escuche sin rechistar- empezó a decir en perfecto castellano-. Cuando acabe ese café se va a venir con nosotros, pacíficamente y sin armar jaleo. Puedo garantizarle que no le va a pasar nada, pero un amigo quiere hablar con usted. Vuelvo a repetirle que no le va a pasar nada, pero esa conversación tiene que darse. Si se niega, aquí el amigo- miró al otro y este sonrió mostrando un par de dientes de oro- buscará un momento para romperle las piernas antes de que abandone esta isla.
- Los malos ratos, cuanto antes mejor- dije y apuré de un trago mi café. Mientras me esperaban en la salida aproveché para meterme en el bolsillo el cuchillo que me habían puesto para cortar el cruasán. Fue algo instintivo y que hice sin pensar. Al salir me metieron en un todo terreno y fuimos atravesando la ciudad hasta llegar al puerto. Iba muy asustado, pero creo que pocas alternativas tenía. Durante el viaje nadie abrió la boca, y una vez que intenté decir algo el matón se puso un dedo en la boca sugiriendo- más bien ordenando- que mantuviera cerrado el pico.
Aunque no me habían dicho nada estaba bastante claro que aquel “secuestro” tenía relación con lo que me había pasado el día anterior en el desfile. Aquel viejo verde debía ser un capo de la Cosa Nostra e iba a ajustarme las cuentas, aunque aquel pringado que ya rozaba el síndrome de abstinencia me hubiera garantizado la seguridad.
Pararon el coche en un descampado lleno de contenedores abandonados, parecía un cementerio de enormes prismas rectangulares embarrancados a la intemperie. Vi varios cargueros en la línea del horizonte, alejándose en dirección al estrecho de Messina. Me costaba andar, el miedo me atenazaba, pero un suave toque en la espalda por parte del grandullón me impedía parar. Entramos en uno de los contenedores y me sorprendí del confort climático y del aspecto de oficina que presentaba. Me metieron en un pequeño despacho y me quedé a solas con el español, los dos sentados ante una mesa. Enseguida llegó quien me esperaba, que no era otro que el hombre que el día anterior había acosado a mi compañera de viaje, aunque en esta ocasión parecía otra persona. Llevaba un magnífico traje color cobalto, y estaba claro que estaba hecho a medida. Su pelo plateado estaba peinado hacia atrás y fijado con gomina; lucía varios anillos de oro y una gruesa cadena del mismo metal alrededor del cuello que dejaba ver una camisa desabrochada hasta la mitad. Se sentó delante de nosotros y empezó a hablar. Aunque yo entendía algunas palabras en italiano el español iba traduciendo:
- Lo que hizo usted ayer tiene mucho valor. Sacar a su compañera o amiga de las garras de un baboso como yo requiere un cierto mérito, aunque a veces esos actos tengan consecuencias que uno ni tan siquiera puede llegar a sospechar. Soy un hombre poderoso, no se puede usted imaginar cuanto…pero como todos los hombres tengo vicios, y el mío es ese. No hay algo que me excite y emocione más que rozarme o tocar a cualquier mujer desconocida en cualquier multitud o situación propicia para ello. Si en aquel momento hubiera hecho un chasquido con los dedos allí mismo le hubieran descuartizado- me señaló con la vista al matón que me había acompañado-, pero me sorprendió su actitud, y por un instante me enternecí, y dejé que hiciera lo que tenía que hacer, pero quería que lo supiera, que en Sicilia hay que tener cuidado, mucho cuidado, porque nunca sabes con quien te la estás jugando….
Me dejaron en la puerta del hotel, y puedo decir que hasta que no vi a mis compañeros en el vestíbulo del hotel no me sentí seguro.
-¿Dónde estabas?- me preguntaron-. Estábamos preocupados…
- La mafia me había secuestrado- dije entre risas.
- Que peliculero eres…
Hasta que no llegué a Barcelona no respiré tranquilo. Iba tan ensimismado que tropecé con una persona. Era un turista italiano, un joven con la camiseta de la Juventus.
- Excusi, excusi- dijo.
Oír hablar italiano de nuevo me estremeció. La voz del capo aun resonaba dentro de mí, y la verdad es que no la olvidé nunca.