One dinar

- One dinar- dijo el muchacho, a la vez que ofrecía un collarín hecho con trozos solidificados de sal del lago pintados de colores. No debería tener más de trece o catorce años; su pelo era ensortijado, y sus ojos, al igual que su piel, eran muy oscuros.

El turista se sentó en el suelo, a un lado de la puerta de entrada de la Medina de la ciudad. Dejó caer el saco que llevaba y el estruendo de las monedas pareció abrir más los ojos del muchacho. Aún recordaba el turista la estupefacción de los empleados del banco donde había cambiado todo su dinero por monedas de un dinar. Abrió el saco y del montón de monedas extrajo un dinar que ofreció al muchacho, a la vez que rechazaba la baratija que le ofrecía. El muchacho parecía confundido, no entendía bien lo que pasaba, pero sus ojos permanecían fijos en  el saco lleno de monedas. Algo le decía que podía coger y así lo hizo: todas las que le cabían en las manos. Enseguida otros chavales comprendieron y fueron a buscar su parte. El turista empezó pacientemente a repartir monedas de una en una, aunque la voracidad innata del nativo del país por el dinero del turista hacía que no se conformaran con una sola moneda. En poco tiempo se formó una cola enorme, en la que ya se sumaban incluso adultos, que con algún grito o manotazo intentaban hacer que desistieran los más pequeños. El turista apenas levantaba la cabeza; iba poniendo en aquellas ávidas manos la moneda correspondiente. Hasta algunos comerciantes de la Medina se sumaban a la comitiva. Ya los adultos habían conseguido imponerse en los primeros lugares; los niños apenas tenían oportunidad de repetir.

De pronto, la gente pareció desaparecer y dos pares de polvorientas botas militares se plantaron ante la vista del turista. Levantó la cabeza y vio antes si un par de policías; uno de ellos blandía una porra, y el otro llevaba colgado un fusil en el hombro. Tenían el semblante serio; ambos lucían un bigote parecido y, debajo de sus reglamentarias gorras, el sudor les recorría la frente. Uno de ellos se dirigió en francés. El turista no entendía casi nada, se limitó a sonreír y a ofrecer monedas a los agentes. El que llevaba la porra apartó de un manotazo la ofrenda, mientras el que llevaba el fusil se retiró unos pasos a la vez que descolgaba el arma. El turista se limitaba a sonreír y a seguir ofreciendo monedas a los agentes. Esta vez el de la porra rechazó la oferta con su herramienta de trabajo. A pesar del fragor de la Medina, un silencio sepulcral invadía la escena, un silencio denso, de esos que se pueden cortar, y que sabes que en cualquier momento va a ser roto de manera brutal. El turista perdió la sonrisa, se guardó la mano bajo el brazo para mitigar el dolor del porrazo. Por un momento se acordó de un maestro que tuvo en su infancia, el señor Díaz, que para castigar a sus alumnos usaba una vara de bambú con la que golpeaba las manos y los dedos de éstos. Pero no se amilanó, y con la mano que le quedaba volvió a coger un puñado de monedas y lo volvió a ofrecer. La gente que contemplaba la escena preveía la tragedia. El guardia que llevaba el fusil dio un par de pasos El turista apenas se percató, tenía la cabeza gacha cuando recibió el culatazo, ni tan siquiera se dio cuenta de que un cálido hilillo de sangre manaba de su oído, y regaba muy despacio sus monedas.

 

La Navidad se acercaba; un viento gélido asolaba la esquina de Avenida Diagonal con Carlos III. El mendigo levantó la vista: pareció creerse que la mole del edifico de El Corte Inglés le protegía de los elementos. La fachada estaba ornamentada para la ocasión: cientos de luces y motivos navideños la cubrían por completo. Desde allí podía oír los interminables villancicos que recordaban al peatón las fechas. El mendigo siempre orientaba su oído bueno al lado contrario de donde procedía la música. Se miró a si mismo: la ropa sucia, raída; la suciedad de sus manos, de su rostro, del color de los neumáticos. Estaba allí postrado, con un cartel que rezaba “AYUDA PARA ESTE PADRE SIN TRABAJO”, cosa que no era cierta, puesto que no tenía hijos, aunque su mujer aprovechó el incidente para abandonarle. También lo habían echado de la empresa donde trabajaba, arguyeron abandono del puesto de trabajo, como si hubiera podido acudir después de pasarse casi dos meses vagando de un calabozo a otro, hasta que por fin el cónsul pudo repatriarlo. “La resistencia y la agresión a la autoridad no eran moco de pavo en un país como aquél”, le dijo el diplomático. No discutió el asunto, dejó que los acontecimientos se produjeran tal como venían. Fueron las autoridades del país los que se pusieron en contacto con el consulado español. No sabían qué hacer con aquel hombre que sólo quería repartir monedas, aunque ellos no lo permitían, puesto que en aquel país no había pobreza y nadie necesitaba limosna.

La gente iba deprisa; el frío y el viento los empujaba al abrigo de los edificios. Apenas nadie prestaba atención al mendigo, formaba parte del paisaje urbano, como un semáforo, un árbol o un banco. Y de tanto verlo y asimilarlo ya apenas nadie le daba monedas, ni siquiera en Navidad.

¡Qué paradoja ¡, pensó, ahora soy yo el que pide monedas y casi nadie me da ninguna.