Un cuento chino
Nunca pensé que podría ser yo el afortunado. Cuando participé en aquel concurso de relatos de una revista especializada de cine, lo hice a sabiendas de que jamás tendría la más mínima posibilidad de pasar un rato con Mónica Bellucci, y que todo aquello era simplemente una operación de marketing, como muchas otras. Pero no, el concurso era cosa seria y el ganador obtendría el paso al Olimpo, puesto que iba a pasar unas horas con una diosa.
Casi me da algo cuando recibí la llamada. No podía creerlo. Había ganado con mi relato el derecho a pasar unas horas con aquella mujer- concretamente una cena en un hotel de lujo de Barcelona- y la emoción era tanta que mis piernas apenas me sostenían cuando colgué el teléfono.
La criatura más hermosa del universo iba a cenar conmigo y me iba a dedicar un tiempo de su apretada agenda. Menudas alegrías me daba la vida, pensé. Llevaba fascinado por aquella mujer desde que saltó a la escena internacional a través de sus películas y de su trabajo como modelo. Tenía todas sus películas, había bajado de Internet muchos vídeos y centenares de imágenes en las que ella era la protagonista. Había creado un santuario de ella en mi ordenador y en mi télefono móvil, por lo cual podría decirse que siempre estaba conmigo.
Estaba al tanto de su vida a través de las revistas del corazón y de los canales de información especializados en la gente del espectáculo, y por eso sabía que se había separado de Vincent Cassel, la persona que había sido su pareja mucho tiempo y con quien había tenido dos hijas. Tras su divorcio, numerosas revistas de la prensa rosa, la relacionaron con un multimillonario de Azerbaiyán, pero a mí lo único que me importaba era el futuro, ese tiempo que, por breve que fuera, iba a pasar con ella.
Desconocía el formato de la cena, sólo me habían dicho que me presentara a una determinada hora en el hotel y que avisara en recepción de mi llegada y que ya se podrían en contacto conmigo. El evento iba a ser dentro de dos meses, cuando la estrella visitara Barcelona con motivo de su asistencia a la Barcelona Fashion Week, un desfile de moda que se realizaba cada año en la ciudad y también para promocionar el estreno de su última película.
Los días que faltaban se me hicieron eternos, aunque los empleé en aprender un poco de italiano y en soñar, soñar con aquella diosa a la que iba a conocer. La imaginé tantas veces entre mis brazos que ya hasta aquellas imágenes parecían un recuerdo real, algo que había llegado a ocurrir. A medida que se acercaba la fecha me iba poniendo más nervioso, más irritable y apenas descansaba. Cuando llegó el día mi desgaste psicológico era brutal; sólo esperaba que no se me notara demasiado.
Era la primera vez que entraba en un hotel de cinco estrellas. No sé si era porque llevaba escrito en la frente que yo no pegaba mucho allí
, o porque el conserje detectaba a la legua a los que no pertenecíamos a aquel mundo, pero lo cierto es que nada más entrar se me acercó.
- ¿El señor John Rom?- preguntó. Asentí y entonces él me pidió que me identificara por medio del DNI o el pasaporte. Una vez hubo comprobado mi identidad me pidió que lo acompañara. Nos dirigimos hacia los ascensores.
- La señorita Bellucci ha decidido cenar en la intimidad de su suite- dijo el hombre con media sonrisa-. No tiene ganas de prensa ni de fotógrafos ni de huéspedes ni ningún tipo de publicidad. Ha tenido un día agitado y de lo que menos tiene ganas es de estar en un sitio público.
La puerta se cerró tras de mí; al fondo, recortada su silueta al trazluz de un gran ventanal, estaba ella. Estaba de perfil y su ceñido vestido marcaba unas curvas impresionantes. Avancé despacio, como para no molestar, entonces ella se giró y salió de la penumbra. Fue un momento espectacular, poder contemplarla en todo su esplendor se me antojó algo increíble, una visión celestial. Nunca volvería a estar tan cerca de algo tan bello ni tan perfecto, y ni siquiera los grandes artistas del Renacimiento hubieran conseguido semejante obra de arte.
- Los que duermen con las diosas…- dijo Mónica en un castellano bastante fluido, citando el título del relato que había conseguido que estuviera viviendo aquellos momentos inolvidables.- Sepa usted que lo he leído y que además me ha gustado mucho- y dicho esto se me acercó y me dio un par de besos en las mejillas. Un golpe del perfume Carolina Herrera 212 NYC- lo reconocí porque una sobrina mía lo usaba con mucha frecuencia- me sacudió como si fuera un vendaval, y aquella proximidad aceleró mi pulso hasta niveles de deporte anaeróbico. Seguidamente me señaló la mesa y me invitó a sentarme frente a ella. Un camarero, que por su indumentaria parecía más un gánster salido de alguna película de Scorsese como “Uno de los nuestros” o “Casino”, empezó a servirnos el vino, un burdeos llamado Barsac 2013, de la bodega Chatêau Climens, y que según información estaba considerado como el tercer vino del mundo.
- ¿Qué película mía es la que le gusta más?- me preguntó a la vez que daba un sorbo y me guiñaba un ojo. Ya me había hecho dos preguntas y aún no había respondido ninguna. Estaba tan absorto contemplándola que no daba para más, era como estar en un museo observando su mejor cuadro; o como cuando contemplas un atardecer junto al océano; o como cuando te ensimismas delante de un paisaje increíble.
- Esto no es fácil- contesté después de dar yo también un trago al excelso caldo francés y que pareció darme ánimos para continuar-. Tengo establecidas tres categorías con respecto a eso: Película en la que usted sale más guapa; película en la que usted sale más seductora y atractiva, y película en la que me hubiera gustado ser su pareja protagonista.
- Ahora no me deje sin saber cuáles son…
- La primera es "Malena", su belleza es sobrenatural en esta película. La segunda es "Matrix Reloaded", ese vestido de cuero rojo que luce en una de las escenas es sin duda el icono universal del erotismo cinematográfico de todos los tiempos. Y la tercera es "Manuale de Amore 2", donde usted interpreta a una fisioterapeuta que hace rehabilitación a un muchacho que ha tenido un acidente; este joven está muy enamorado de usted…. y al final ya sabe lo que pasó…
- Si- contestó con una gran sonrisa-, pero quiero que me lo digas tú…
Me había tuteado, parecía que la cosa se distendía, así que me lancé
Me había tuteado, parecía que la cosa se distendía, así que me lancé. Le describí el episodio de la película con pelos y señales. En su noche de despedida de soltera había ido a buscar al muchacho del hospital y le había dado la alegría de su vida, el trocito de cielo que Dios tiene reservado a cada hombre. Se había entregado a aquel joven que tanto la amaba y deseaba y le había hecho el ser más feliz del universo.
- ¿No se te ha pasado por la cabeza que eso te podría pasar a ti?- dijo, y me miró a los ojos a la vez que balanceaba la copa de vino.
- Si eso fuera posible- contesté envalentonado-, hasta podría considerar la muerte como castigo un posible posterior.
Ella rio con ganas, como si le hubiera contado el mejor chiste del mundo. Aquella risa se me antojó celestial, lo más parecido que uno pudiera imaginar como la música de los ángeles. Disfrutar de los encantos de aquella mujer tan hermosa y bella sentada frente a mí era algo que difícilmente podría olvidar, y daba por sentado que iba a ser la experiencia emocional más intensa y sensitiva que jamás pudiera imaginar…
El camarero nos trajo el primer plato: ostras con vodka y caviar. Enseguida me vino a la mente el poder afrodisiaco atribuido al exclusivo fruto del mar que nos ofrecían. La diosa parecía disfrutar con las ostras, y además se notaba que estaba acostumbrada; en mi caso era la primera vez, así que esperé a que ella empezara para ver cómo se comía aquel exquisito producto. Apenas dijo nada mientras daba cuenta de las ostras. A mí me costaba concentrarme en otra cosa que no fuera la contemplación de la diosa que el azar me había puesto enfrente. No quería perder ni un segundo desviando mi atención hacia otra cosa, deseaba retener el máximo de imágenes para cuando aquel encuentro acabara y ya sólo me quedaran los recuerdos, porque había algo que me habían advertido que no podía hacer, y era que rigurosamente estaba prohibido hacer ningún tipo de foto ni grabación, salvo que estuviera dispuesto a ser denunciado por incumplir la cláusula de confidencialidad que días antes me habían hecho firmar.
El vestido era tan ceñido que me daba la impresión que a medida que ingería las ostras le estaba más apretado, pero la realidad era que su prodigiosa naturaleza luchaba por zafarse de aquella segunda piel artificial que la envolvía; sus perfectos senos libraban una batalla por liberarse del tejido opresor, y parecía que a cada golpe de respiración de la diosa conseguían un milímetro de libertad…
Mientras el camarero retiraba los platos y nos servía el siguiente: langosta al oporto- tenía una pinta extraordinaria-, Mónica sacó un papel doblado de algún sitio de debajo de la mesa; al hacerlo se había agachado un poco y su escote se hizo tan vertiginoso que mi corazón no pudo evitar subir de revoluciones. Desplegó el papel y empezó a leer: “…sus ojos eran del mismo color del océano con el que siempre soñamos, y cuando ella le miraba él se estremecía como si hubiera encontrado el paraíso. El roce de los labios contra la piel despertaba antiguos fuegos de otras batallas, y nuevos incendios se propagaban hasta pedir a gritos la llegada de la lluvia. Dos besos nunca son iguales, ni una caricia tiene siempre el mismo recorrido, pero se guían por las pequeñas hogueras que otras anteriores van dejando latentes en la piel…”
Me costaba respirar, la emoción de oír a la diosa leyendo fragmentos de mi relato era algo que me superaba. No podía creerme lo que estaba ocurriendo. Parecía que estaba viviendo el más perfecto de los sueños que jamás pudiera imaginar, pero no, aquello era real, aunque me costaba creerlo y especulaba con que leyes del azar o que casualidades del destino o lo que fuera, estaban haciendo que ocurriera. En aquel momento hubiera abrazado cualquier confesión que me asegurara que aquel encuentro era debido a cualquiera de sus dioses. La palabra piel me hizo ver las grandes parcelas que ella, debido a su vestido, me mostraba: los hombros, los brazos, las manos, el cuello y todo lo que dejaba ver el generoso escote.
- Tengo muchos admiradores y seguidores en las redes sociales y en Internet- empezó a decir-, y aunque cueste creerlo le presto mucha atención a todo esto, le dedico bastante tiempo a todo lo que se escribe sobre mí. Con ello quiero decir que estoy al corriente de todo lo que has escrito referente a mi persona, y puedo decirte que entre cientos tú eres el que más me emociona, el que más consigue que cierre los ojos y sueñe. Tus palabras me parecen besos, caricias, y es verdad aquello de que hay que tener cuidado con los que escriben, porque pueden enamorarte sin tan siquiera tocarte…
Termínanos el segundo plato sin apenas hablar. El camarero puso cara de póquer cuando la Bellucci le dijo que de los postres se encargaba ella. El hombre recogió todo y cerró la puerta tras de sí. El primer beso me supo a gloria: largo, profundo, suave, aunque aquellos labios de fuego ya empezaban a devorarme como si fuera el único hombre sobre la Tierra. Cuando se desnudó creí que me moría, su cuerpo yacía sobre el lecho y, aunque estaba quieto, mandaba mil señales para que me acercara. Debí batir el récord del mundo en quitarme la ropa, porque en mi vida tuve tanta prisa por meterme en la cama.
- Tú sabes que una vez salgas por esa puerta todo se habrá acabado- dijo antes de empezar - pero prométeme que escribirás un relato sobre ello. De que sea algo inolvidable ya me encargo yo…