La cuerda
Creo que debería tener siete u ocho años cuando hice la primera comunión. Recuerdo que a pesar de que mis padres habrían hecho un esfuerzo económico para comprarme el traje de almirante, cuando llegó el día resultó que no tenía cinturón; o se habían olvidado o se había acabado el presupuesto. El pantalón me iba un pelín holgado y se escurría hacia abajo, de tal forma que cuando empezaba a caminar acababa en los talones. Teníamos un problema en aquella mañana soleada y calurosa de la primavera andaluza. Aunque creo que era festivo y todo estaba cerrado, nadie barajó la posibilidad de ir a comprar un cinturón. En aquella época mi madre ya tenía cuatro hijos- yo era el segundo-, de los seis que llegó a tener, y supongo que mi cinturón no entraba dentro de sus principales preocupaciones. Pero a mí sí me preocupaba, y bastante, porque alguien me sugirió que me los fuera aguantando disimuladamente con la mano que me quedaba libre- en la otra llevaba el misal y el rosario-, a lo que me negué en redondo. No iba a arriesgarme a hacer el ridículo más espantoso en una iglesia abarrotada el día más importante en la vida del buen niño católico que era.
La hora de irse se acercaba y el tema no se solucionaba, hasta que mi abuelo Antonio, que en ese momento estaba en el huerto atando las matas de tomates a unas cañas, intervino:
- Ven pacá
Me acerqué y con la cuerda que estaba usando me rodeó la cintura, como tomando medidas; luego con la navaja que siempre llevaba en el bolsillo cortó lo que creyó conveniente y con el trozo de cuerda resultante me sujetó el pantalón, como si fuera un cinturón. No era una buena solución pero era una solución, ya que por anda del mundo me quitaría la chaqueta para que pudieran ver la cuerda. Y así fui camino de la iglesia, protestando, pero resignado. Todo fue bien, la cuerda aguantó toda la ceremonia; luego después, a cada casa que iba a llevar la estampita para que me dieran alguna propinilla, me invitaban a quitarme la chaqueta, ya que era medio día y hacía ya un calor espantoso, pero yo aguantaba estoicamente, asándome como un pollo bajo mi disfraz de almirante. Hasta mi madre me insistió más de una vez en que me quitara la chaqueta, cosa a la que yo rotundamente me negaba, y a la que intentaba hacerle ver por medio de gestos con la cara y los ojos, que recordara que no llevaba un cinturón en mi impecable traje de marino, sino una vulgar cuerda de atar tomates.
El día acabó sin que nadie viera la cuerda; al final, cuando llegué a casa exhausto del esfuerzo y la tensión del momento, no había forma de deshacer el nudo. Mi abuelo tuvo que tirar de navaja otra vez.
- ¿Qué?- me preguntó-. ¿Ya has recibido el cuerpo y la sangre de Cristo?
- Se llama Eucaristía- contesté, las horas de catequesis no eran en vano-, y en aquel momento supe que había sufrido mi primera crisis religiosa, ya que durante casi todo el acto, mi ser había estado más pendiente de la cuerda que de otra cosa. Me asusté al ser consciente de ello, ya que los niños que perdían la fe iban directos al infierno. Mi vida quedaba pendiente de un hilo, o mejor dicho: de una cuerda.