Las botas rotas

En los años 70 no había Nike ni Adidas, al menos al alcance del bolsillo de mis padres, y el calzado deportivo que yo conocía era las típicas bambas de lona, tipo bota y con puntera de goma, y también las legendarias bambas Victoria que las había de todos los colores. Hoy día la gama de calzado deportivo es infinita en marcas, modelos y materiales, y con lo que cuestan unas zapatillas deportivas de alta gama podía vivir una familia durante un mes o más de aquella época.
Recuerdo que cuando era niño casi todo el mundo tenía solamente unos zapatos, y a mí me regalaron en el día de Reyes unas botas de piel que yo consideraba como la mejor cosa que me podían haber regalado en la vida. Era verdad eso de que estaba más contento que un niño con zapatos nuevos, pero como eran los únicos que tenía los usaba para todo, incluso para jugar a fútbol, deporte que practicaba cada vez que estaba en la calle, que era casi siempre. 
Yo vivía al final de la calle Castillejos, justo en el cruce con la calle Sant Martí. En esa intersección se acababa Sant Cugat y empezaba el campo. La única edificación era la cerámica Edros, lo demás eran campos de cultivo y viñas. También había una riera que atravesaba la zona y en la que jugábamos a piratas, porque había veces que llevaba tanta agua que podías desplazarte con una tabla e incluso nadar, aunque yo aún no sabía nadar, puesto que no había ido nunca a una piscina ni a una playa. Desde la calle Castillejos el terreno descendía hasta la riera; una vez cruzada había un camino que ascendía hasta una gran explanada que llamábamos el Camp del Perolet y que era estupenda para jugar al fútbol.
Los sitios donde jugaba más era en la Plaza del Molino, hoy día llamada Plaça Pep Ventura, y también en la misma calle Castillejos cuyo último tramo estaba sin asfaltar. Allí había un garaje con una gran puerta de madera, donde mi vecino José y yo jugábamos a ver quién marcaba más goles o paraba más penaltis. Una aciaga tarde de Enero me cargué las maravillosas botas que me habían regalado los Reyes Magos, se despegó o se descosió toda la suela- estaba claro que no era un calzado para estar peloteando todo el santo día- y ahí empezó un calvario que no recuerdo cuanto duró, pero dos o tres semanas seguro que sí. Ignoro cuales fueron los motivos que impulsaron a mi padres a actuar de aquella forma, no sé si fue porque quisieron darme un escarmiento, o porque no me podía comprar otros, o por ambas cosas, pero la cuestión es que no me dejaron otra opción que usar unos zapatos de mi padre, que por supuesto me estaban grandes por lo menos tres o cuatro números. Fue un verdadero viacrucis salir cada día a la calle con aquellos zapatos, era el hazmerreír de todos los chavales con los que me encontraba, pero no me hacía mala sangre, era lo que había. Aún debía estar contento, porque en aquel tiempo estaba muy presente el día del Domund, la jornada anual con la que la Iglesia Católica celebraba el Domingo Mundial de las Misiones. Ese día muchos chavales salían con unas huchas blancas a recaudar para las misiones, y recuerdo algunas imágenes de algunos folletos en los que salían chavales de aldeas africanas sin más zapatos que sus propios pies descalzos; así que, después de todo, era un ser afortunado.
Lo que realmente era doloroso era que no podía ni jugar a fútbol, puesto que las pocas veces que lo intentaba el zapato volaba más que la pelota, con lo que el cachondeo era general cada vez que mi zapato se convertía por unos instantes en eso que hoy llamamos dron.
Ahora veo la colección de zapatillas deportivas de la familia que hay por casa (Nike, Adidas, Reebok, Kalenji, etc), que puestas en fila suman un dineral, y no puedo dejar de pensar en lo han cambiado algunas cosas desde aquel tiempo y aunque han pasado ya 47 años en que destrocé aquellas botas, fue algo que me marcó tanto que lo recuerdo como si fuera ayer…